Prostitución de Menores. Cuatro Coartadas para la Inacción. Cuatro Escusas para el autoengaño.

Sábado, 9 de Septiembre de 2017 por monstresdecameva

Primera.-
Cuando la lacra de la prostitución y de la trata con menores asoma un pie fuera de su sepulcral silencio apenas habrá que esperar para escuchar un: “Ésa sabe latín… ¿Cuántas veces lo habrá hecho?… Ya se sabía como iba a acabar una así… ¡De tan niña inocente, nada!”. Si la docta opinión elude la palabra “puta” estaremos de suerte.

Por inadmisible que resulte, dentro del circuito profesional encuentran espacio opiniones como éstas. Sin valoración previa ni previsión de consecuencias se sitúa a quien es la víctima y como tal debería ser considerada en el papel de culpable.

La fórmula, en esencia, es así de simple: “Si una niña o una adolescente ha llegado a ejercer la prostitución es porque se lo merece”. Merced a este supuesto nuestra responsabilidad ciudadana se reencuentra con la calma, el deber de las administraciones escapa al compromiso electoral, el punto de mira mediático pasa de largo y el compromiso profesional hace la vista gorda.

Navegamos al dictado del silencio políticamente correcto.

Pudiéramos admitir que la prostitución temprana hace mayor mella en población de riesgo. Con criterio académico esta afirmación encaja en la ortodoxia. Pero no nos llevemos a engaño; no creamos haber así alcanzado la orilla salvadora. Se trata de un fenómeno en auge y, como tal, dará alcance a población cada vez en menor riesgo.

¿Cuántas veces el ser humano se ha creído inmune a una lacra que no podría alcanzar a la normalidad de la que uno siente formar parte?

Los desheredados y desheredadas de la fortuna no habitan tan lejos de nosotros.

Ni que decir tiene que es toda una vileza moral el mirar para otro lado para, haciendo como si no existiera, convencerse a sí mismo de que no existe.

Además, si fuese esa situación de riesgo el determinante de la llegada con apenas doce o trece años a la prostitución, lo que se estaría exigiendo es la toma de conciencia hacia el problema por parte de la sociedad y el compromiso de ayuda a esas personas.

Que una niña espere tan poco de su propia vida y se sienta tan desvalida en su dignidad como para prestarse a esa práctica lo que nos está poniendo en evidencia es su petición de ayuda.

Doy fe que, si hablas con ellas, transmites cercanía, estás atento a su silencio y las respetas, acaban rogándote auxilio.

Segunda.-
Ligada, más bien inherente, a la visión de que se trata de unas manzanas podridas que para nada ponen en menoscabo la calidad de todo canasto, hallaremos la versión de que es un fenómeno residual, por tanto infrecuente y, en consecuencia, no merecedor de ser tenido en cuenta.

Aunque esa escasez fuese real, el problema tiene suficiente peso específico como para constituirse en fuente de preocupación. En este fenómeno convergen dos epidemias de nuestra sociedad: el abuso y la violencia de género. Esta convergencia viene a recaer sobre los débiles hombros de conciudadanos nuestros menores de edad. A la vergüenza y el sentimiento de culpa que impele a las víctimas de abuso para mantenerse calladas se suma la ley del silencio en forma de amenaza directa; la omertá.

Pero es que, además, es una realidad en aumento.

En seguida se piden cifras pero todos los profesionales cercanos al ámbito de menores lo sabemos… lo palpamos como una evidencia.
¿Será que ciertas verdades huyen de la estadística o será que la estadística huye de ciertas estas verdades?

Tercera.-
La expresión de inquietud por la vida de estos niños, niñas y adolescentes chocará pronto con otro muro.

Con sonrisa de candor se nos advierte de nuestra ingenuidad y se nos invita a tomar conciencia de que: “Eso ha sucedido desde que el mundo es mundo… Forma parte de la prostitución de toda la vida”.

La fórmula se ciñe aquí a sostener que la captación de personas menores de edad para las redes de prostitución es algo consustancial con la condición humana. Por tanto, la única contestación que cabe es la resignación y, a renglón seguido, la indiferencia.

No por arraigado un mal se libra, o debería librarse, de nuestro propósito de erradicarlo. Guiados de la misma pusilanimidad a la que aquí se nos está invitando no se habrían producido mejoras en la sociedad humana.

Pero es que, además, la situación actual para nada representa una mera continuidad del pasado. Cuantitativamente se percibe un incremento notorio, alarmante, progresivo, inquietante… Cada cual que elija el adjetivo. Incremento, y con eso basta.

En el espacio cualitativo los cambios también están presentes.

Se constata una prematurización en unas relaciones sexuales asimétricas, vejatorias, destructivas, utilitaristas, violentas, coaccionadas y en algunos casos, pero en sucesión de continuidad, comercializadas.

Cada vez nos encontramos más, en el trabajo con menores, ante madres que se han quedado embarazadas con catorce, trece e incluso doce años.

Así mismo se constata, la “contaminación” de estas prácticas por el consumo y venta de drogas. Entre esta población “colocarse” va camino de convertirse en sinónimo de “follar”. Los pisos de esta prostitución son también puntos de consumo y venta.

Al lado de estas pinceladas cobra presencia la figura del joven captador. Es apenas un adolescente desarraigado socialmente y con historial penal. “Contrata” su “mano de obra” generalmente entre las pandillas de la calle y en los lugares de encuentro habituales para ellos. Sin embargo, muchas veces y cada vez más se dirige a hogares de Protección de Menores donde encontrará chicas vulnerables, fácilmente persuadibles para la relación sexual y el consumo, como antesala de la prostitución. Este paso se envuelve en un discurso lúdico y desenfadado.

Por encima de la figura del captador, como en pirámide jerárquica, está entrando en escena un personaje más siniestro. Es el adulto que forma parte de una cadena delictiva. Merced a él potenciales clientes que viven en lugares distantes viajaran. ¡Bienvenidos al turismo sexual! También deja abierta la posibilidad de que esa niña o adolescente sea arrancada de su lugar de origen para ser llevada allá donde están esos clientes. ¡Bienvenidos a la trata de blancas!

Entreverado con estos desplazamientos está otro viaje y es el de la imagen. La red convertida en caudal de pornografía infantil.

Cuatro.-
“Es que es muy difícil”. Puede haber acuerdo en la victimización de estas/os menores de edad, en la envergadura y calado del problema, incluso en su nueva impronta. Sin embargo, una excusa para distanciarnos, dejando a buen recaudo nuestro calado moral, nos aguarda. “Es que es muy difícil”.

Al final del pasillo la última puerta se empeña en permanecer cerrada.

“Cambian continuamente de piso… Lo que dijeron a su amiga no lo repiten a la educadora… Nunca dan una versión coherente… Lo que dijeron a su educadora no lo repiten en Comandancia… Están ilocalizadas… Lo que dijeron en Comandancia no lo repiten en sala… Obedecen a su chico… Van colocadas… Se fugan…”.

De constataciones como éstas he tenido oportunidad de tomar cuenta.

Que quienes pretendemos encender una luz en la vida de estas personas navegamos a contracorriente, es cierto.

Que no es tiempo ni lugar donde el pionero vaya a ser recibido con abrazos, también.

Que poner voz a tanto silencio es ser pionero, sin duda.

“Es que es muy difícil” se está convirtiendo en un estribillo que recorre tangencialmente todos los estamentos implicados, o que debieran estar implicados, en el tema.

¿Es difícil por el problema en sí o es difícil por las instituciones que debieran dar respuesta? Las mismas garantías jurídicas que tanto son referidas aquí como obstáculo insalvable, mantenidas en el ámbito de la violencia de género, seguirían haciendo imposible la lucha contra ésta.

¿Quién está poniendo barreras?

Al final la justificación por la dificultad se acaba convirtiendo en pretexto y el pretexto en coartada.
Entre la pasividad y la complicidad es difusa la frontera. Allí se dan la mano quien, con mueca de sorna, señalaba a la niña como impúdica o quien, con deje de lástima, da por sentada la impotencia.

Enrique Pérez Guerra
Palma de Mallorca, a 4 de septiembre de 2017.