El espejismo del olvido

Lunes, 11 de Julio de 2011 por monstresdecameva

Apenas unas horas hace que un abogado, en ejercicio de acusación particular tal es defensa de la víctima, dijera que su cliente nunca ha tenido problemas en el colegio. En el presente curso y tras sufrir el abuso no ha podido aprobar ni una asignatura.
Ahora es una niña que no se atreve a salir de casa y tiene que ser asistida por unos psicólogos que la están ayudando a olvidar.

A una niña o niño así, en parecidos momentos, se trata de esgrimir. En medio de las jurídicas miradas se le está insistiendo para que hable. Una voz se alza: “Tú no te preocupes que, cuando salgas por esa puerta, no te vas a acordar de nada”.

Sucede y mi oficio en la Justicia me permite dar fe de ello.

Lo candoroso, y al mismo tiempo grotesco, es que la Justicia en esto va a la par de la sociedad. Lo que sucede en La Sala es un reflejo de los anhelos y temores que corren entre todos nosotros.

Se deposita la confianza en el olvido. De los niñas y niños abusados requerimos que olviden. ¿Que olviden o que finjan olvidar?

El olvido y la ocultación son proyectiles del mismo calibre; cara y cruz de la misma moneda; mismo guión en distinto escenario.

Necesitamos que la vida de ese ser, y por ende la nuestra, vuelva a ser la misma. Queremos reconfortar – reconfortarnos con el mundo. Puede que sea un noble fin, al menos es humanamente comprensible.

Lo malo es que para satisfacer tal empeño se recurre a la ficción. Doble ficción: dentro de esa persona y dentro de nosotros.

Lo bueno es que él o ella no es portador de tamaña ingenuidad.

No quisiera perder mi pasado, aunque sea tal parte de mi pasado, y menos hacerlo al dictado. “¡Tú lo que tienes que hacer es olvidar!”.

El recuerdo, cual ampolla inexpugnable, asoma su latido por los entresijos del pensamiento. Nos atrapa. Nos convierte en los niños que fuimos. Nos estrella contra la vida que nos fue negada.

Aunque no supurase y permaneciese como metralla enquistada, no por ocultación dejaría de estar aquí.

Las mentes bienpensantes, las voces biensonantes y los rostros biensemblantes se dan a sí mismos el visto bueno. Creen haber cumplido su magnánimo cometido; su generosa dádiva.

Sin embargo, son los primeros reos del “Aquí no ha pasado nada”. El dictado del silencio y las miradas esquivas.

El recurso al olvido es tan fácil como estéril.

Si vas a repartir agua bendita no te abastezcas de la fuente más cercana.

Haber sido abusado no es sinónimo de necedad.

Padres, profesores, médicos vecinos dan por sentado que a poco tardar la noticia caerá en el silencio y que ese silencio será la voz del olvido.

Privar del derecho a ser pleno propietario del propio pasado es privar de una parte sustancial del derecho a la vida.

Acabada la audiencia judicial, me acerqué al abogado para decirle que no se trata de ayudar a olvidar. Si de algo se trata es, precisamente, de ayudar a recordar. Recordar con dignidad.

Enrique Pérez Guerra
Ibiza, 8 – Julio – 2011.

El laberinto de Laura

Jueves, 7 de Julio de 2011 por monstresdecameva

“No puedo olvidar, viendo a un niño que es sangre de mi sangre, tan parecido a mí en muchas cosas, lo que es estar realmente atrapado. No sentirse atrapado, o creer que uno está atrapado, sino estar atrapado, sin salida, sin capacidad de decisión. Los ojos de ese niño en el que tal vez me he reencarnado, o a quien he legado una parte de mis dudas, y también una parte de mis gustos y una parte de mi piel sensible, tienen la tristeza que sólo la infancia te proporciona. No hay nada comparable a los ojos de un niño que ya no lo es, que quizás no lo fue nunca, porque ha visto y sabe demasiado del mundo. Los ojos de este chaval, que debería estar de risas con amigos, de borracheras quizás, mirando a la chica o al chico que le pone cachondo, viven en una rueda de desespero y resignación que me retuerce las entrañas de tristeza. Él sí vive a las órdenes únicas e irremediables de sus progenitores, que deciden por él, y entre sus límites, estrechos y distorsionados como un autorretrato de Dalí, sobrevive. Su madre, quién sabe si pobrecita, si loca, si sufriente o sádica, está permanentemente enfadada, en perpétuo conflicto consigo misma y con los que la rodean. Desgraciadamente, sólo éste niño la rodea siempre, y en él descarga cada miligramo de frustración, de amargura, de rabia hacia sí misma y hacia su inmovilidad. En él, que es sus piernas y brazos muchas veces, su cerebro y conciencia, tantas otras, descarga odio, veneno, impotencia, insultos, locura y humillación. Así arrastra él la tristeza especial de los que nacieron en un extrañísimo laberinto, del cual no conocen el camino de salida ni de entrada, para transitar por el cual no tienen instrucciones, pero sí saben, como si lo hubieran marcado a fuego en su piel, que en ese laberinto deben moverse.

Yo he sido ese niño, yo fui esa niñita frágil, de pelo lacio y muy dorado, de ojos grandes plenos de esa tristeza infinita que tantísimos millones de niños conocen y poseen, a la cual soltaron recién llegada en el laberinto, con un minotauro fiero y enorme, imprevisible y echando odio por los belfos. Aprendí, como este niño que tanto me hace sufrir, a saber que ahí estaba atrapada, que sólo aquellas personas mayores tenían poder de decisión, y habían decidido que debía seguir ahí, quién sabe cuanto tiempo. Como cualquier niño-basura hace, me hice con las medidas del laberinto, aprendí a conocer de memoria sus paredes, sus recovecos, sus caminos llenos de grava. Nunca supe dónde estaba la salida, ni la entrada, pero aprendí a reconocer cada cambio en la mirada del feroz minotauro, aprendí a soportar sus torturas sin pensar en ellas, rebajando al mínimo mi ser, mi yo. Sólo sufría ilimitadamente cuando el minotauro la emprendía con mi única compañera dotada de vida de aquellos largos días, la perra de la casa, una teckel sin pelo, tal vez a causa de tanto padecimiento. El sufrimiento ajeno a manos de aquella loca me revolvía las entrañas, me hacía rebelarme, me obligaba a sentir plenamente mi pequeñez, mi impotencia, mi cárcel. La misma cárcel que ahora padece ese niño, sangre de mi sangre, de manos de su propia madre, algo aún más complicado e imposible de desentrañar. Y yo, como adulta, sigo siendo tan impotente como la niña aquella de ojos muy grandes y pelo dorado, que se abrazaba a un cojín y lo mordía cada vez que Gretel iba a parar a la terraza, a sufrir rigores invernales, sed y hambre. Ahora es mi propio sobrino al que dan de patadas, patadas figurativas, patadas al alma, no como las mías, pero patadas al fin y al cabo. Le veo en su laberinto tan perdido como lo estaba yo, conociéndolo de cabo a rabo pero sin poder salir de él, realmente atrapado en la cárcel de la culpabilidad, de la tristeza infinita, de la partida de cartas que te dan cuando llegas aquí, al mundo.

Y viéndole a él, escuchando su huracán interior, tengo que comprender que ya no soy esa niñita. Esa niñita a la que nadie dijo nunca “Mi niña”, ya no existe hace tiempo, de hecho, como niña no existió jamás. Ahora soy una adulta, soy Laura, que no es mucho decir, pero es todo lo que se puede decir de mí. Y como Laura, viendo a mi estimado sobrino al que no puedo ayudar – y eso me parte el corazón-, debo comprender realmente que yo no estoy atrapada, ya no. El laberinto acabó, salí de él a fuerza de valor, de silencio férreo y de muchos años de dar vueltas por él, sin descanso. Ya no estoy atrapada, porque en mi vida decido yo, sin depender ya nunca más de aquellos seres que me rodeaban y desde arriba me miraban desesperar. Ahora busco a los minotauros, los enfrento, y los mato. ”

Laura