Pregunta y respuesta sobre el abuso

Viernes, 4 de Junio de 2010 por monstresdecameva

“Vamos a ver. Nada hay qué disculpar por dirigirse a mí. Andando yo por estas lindes no hay pudor que se acerque…” Este es el inicio del siguiente texto de Enrique Pérez Guerra, que reproducimos más abajo. Hace unos días, en Facebook, Esther le preguntó a Enrique Pérez Guerra lo siguiente:

“Enrique, espero que no te importe pero tengo una pregunta que hacerte. ¿Poner en palabras lo que viviste o te pasó te ha ayudado a desvincularte del todo o a pesar de ello siempre queda esa pequeña parcela de la que no eres capaz de librarte? Esos sentimientos, esas sensaciones que cuando menos te lo esperas que, como bien dices hacen saltar un pequeño resorte que ponen todas tus alarmas en marcha? puede haber realmente un futuro donde un niño pueda deshacerse de toda esa carga emocional y vivir una vida completamente normal o aprendes a vivir con ello? Al final no ha sido solo una pregunta pero despues de leer tu articulo o carta me han quedado esas dudas y creo que eres en este momento el que mejor me las puede contestar, das a entender que sí se puede o que tu has encontrado tu llave para hacerlo, quiero creer que es asi y que cada niño que pase por algo así (que no tendria que ocurrir) puede tener la suerte de encontrar su propia llave, gracias por leerme y, sobre todo, espero de verdad que no te moleste mi atrevimiento al preguntar”.

Esta es la respuesta de Enrique. La cuelgo aquí, porque es demasiado larga como para colgarla en el hilo de comentarios de Facebook:

“Vamos a ver. Nada hay qué disculpar por dirigirse a mí. Andando yo por estas lindes no hay pudor que se acerque.

Lo que también es cierto es que desarrollar una respuesta a estas tus inquietudes requiere una respuesta un poco larga. Es una de las veces en las que sintetizar dicta falacia.

En general cada experiencia de abuso es un mundo y cada victimización una singularidad.

Por lo que a mí respecta, doy fe de que si cierro los ojos y me siento a mí mismo no encuentro demasiadas quejas. Muchas veces pienso que ojalá le fuera a todo el mundo por lo menos como me va a mí.

Eso no es óbice para que de vez en cuando me sorprendan efluvios donde la revivencia emocional del pasado se hace presente en toda su crudeza e irracionalidad.

Ejemplos te podría dar muchos: cuando vi en casa el documental y aparecieron las fotos de mi infancia empecé a sentir vergüenza. Tenía a mi mujer al lado y no me atrevía a decir palabra. Ese muchacho indigno no podía haber sido yo.

Las series de adolescentes. Las odio, me repugnan, me dan asco… zapineo al instante huyendo hacia el rincón más opuesto del dial. En mi adolescencia y primera juventud quise acercarme a la mujer. No sólo era el afán natural del ligar. Era que no podía soportar la idea de que la única persona que se había interesado por mi persona, como ser sexual (de la cabeza a los pies, pasando por el corazón y el pubis), fuera el Padre Javier. El afán que en este propósito ponía era tan desazonador que agostaba de antemano toda posibilidad de alcanzar mi meta.

La comida. Todas las personas que me conocen me reconocen por lo comilón que soy. En la soledad de los años inmediatos a mi paso por aquella celda (celda en sentido literal y figurado) la desconexión de mi entorno social fue muy intensa. Por dentro, un continuado zumbido de chicharra llenaba mi mente. La comida era el único o casi el único jalón a lo largo del día. Décadas después sigo siendo comilón… precipitadamente comilón. Por supervivencia engullo la mitad de lo que el estómago me dejaría y la cuarta parte de lo que el cerebro me reclama.

Más ejemplos… No sería difícil para mí encontrar.

Lamento si esta información supone una decepción para ti.

Adivino que el problema del abuso te afecta, en propia persona o en persona cercana. Seguramente hubieses querido un testimonio más esperanzador, en el que se ilustrara cómo se puede llegar a vivir limpio de polvo y paja. Véase, que es posible ser uno mismo como si el abuso nunca hubiera sido.

Cuando se dice de mí que soy un superviviente, yo lo pongo entrecomillas. No sé si más bien sigo siendo un naufrago.

Sea como fuere, las cosas no están tan mal. Al menos por lo que a mí se refiere.
Hay una parte de mi persona en la que sigue latiendo la derrota, la huída, el arrinconamiento, la culpa, la suciedad. En parte soy así y voy a seguir siéndolo.

La cuestión que queda abierta es bien clara: ¿qué hago con esa parte de mí?

Una mujer abusada de pequeña por su padre me decía hace poco que quería hacer desaparecer esa parte de su pasado… que aquel trozo de la persona que fue no guarde relación alguna con su realidad actual.

Me venía a hablar de una catarsis purificadora.

En buena medida, ese objetivo creo ha estado presente durante décadas en mí.
Por esos “detalles” como los que acabo de comentar, el balance final llevaría por rúbrica: “objetivo no cumplido”.

Desde hace relativamente poco he optado por una fórmula menos radical pero de la doy fe resulta más reconfortante.

Entendamos el abuso como la experiencia global de victimización. Tal es la vivencia generada por la acción del pederasta y consecuente a ésta. Lo que le pasa al menor abusado durante el abuso y durante la larga estela que deja tras de sí.

Pues bien: cojo a esa parte de mi infancia y adolescencia, y en vez de repudiarla, la abrazo.

De pequeño me llamaban Kike. Hasta no hace mucho la palabra Kike referida a mi persona era algo sucio, degradante e insultante. Me sonaba fatal. Pués bien, ahora la empleo con aplomo, complacencia y gesto risueño.

Con mis amigos me refiero a aquel que fui (y en parte sigo siendo) como Kike.

Por cierto, anónimo lector-a, ¿te importa que me dirija emocionalmente hacia ti como amigo-a?. Aquí no hay Facebook que valga… sobra con el corazón.

Hace pocos días acabé de escribir un libro. Es una denuncia de la reacción que la gente tiene ante el niño-a abusado-a, pero escrita en clave de escenas de teatro costumbrista. La verdad es que ha sido una experiencia de escritura muy estimulante, incluso dentro de la crueldad que alcanzan ciertos momentos narrativos.

El caso es que yo iba escribiendo y sin darme cuenta acudían a mi ingenio imágenes urbanas (calles, aceras, plazas, trasiego, carreras, gentío…). Iba acuñando esta imaginería de un modo recurrente. Hasta que llegó un momento que advertí su presencia. Un momento de incertidumbre: ¿por qué la metáfora urbana era llamada a hacer tan frecuente acto de presencia en aquel escrito?

Un rápido ejercicio de retrospección me dio la respuesta.

Cuando estaba en la celda no dejaba de inquietarme por el mundo de fuera. ¿Cómo lo que estaba sucediendo en aquella penumbra conventual podía encontrar encaje en la ciudad?. Zaragoza me estaba esperando con su luz interrogando mis pasos. ¿Cómo iba a ser yo capaz de mantener aquel secreto esquina tras esquina?. La ciudad como escenario de falsas palabras, de miedo a saber y de silencio entre las manos.

¡Cómo no me había dado cuenta!. Kike había estado dictándome al oído sin yo darme cuenta.

Como no podía ser de otro modo, invité al chaval cuya voz quedó grabada hace cuarenta años. “¡Tenías que ser tú!… ¿cómo no?… ¡ay si nos conocemos!… ¡Anda, anda!. Sal de ahí y ponte aquí a mi lado, que tú y yo tenemos cosas grandes que hacer”.

Es el abrazo de la ternura… de lo infinitamente entrañable… de lo que no necesita aprobación para ser merecedor de cariño.

Cada mañana enseño a sonreír a Kike.

¿Supone trabajo, esfuerzo y consumo de energía?. Por supuesto que sí. Ahora bien, lo que invierto en tal empeño me es devuelto con la cercanía a otras frustraciones humanas. Avatares tortuosos y epopeyas en la sombra.

Encuentro otros peregrinos en el camino y el sentimiento se expande.

Abrazando a aquel que fui estoy con muchos.

Esa es la parte de superación de la puedo rendir cuenta. Tal vez se pueda llamar resiliencia. El otro día la llamé tumor positivo.

Cada mañana enseño a Kike a jugar con los juegos que le fueron arrebatados de su infancia.

Aquí estamos él y yo. Posiblemente tan disparatados como Hommer y Bart Simpson

Pero sobrados de sentimiento.

Voy a aprovechar para confidenciarte una cosa y ahí concluyo.

No reclamo el halago hacia el que he llegado a ser. Los aplausos de plató o las autógrafos de feria de libro son fútiles. Lo que pido, y desde hace poco exijo, es el reconocimiento y respeto hacia aquel que llamaban Kike. El verdadero héroe lo fui entonces.

Por supuesto que ese respeto llega tarde… pero eso es otra cuestión.

A fecha de hoy permite que te brinde mi abrazo. No servirá de mucho pero… no sé… está aquí.

Y, si no lo consideras osadía, deja que te dé las gracias. Por haberme dado ocasión de aprender a querer un poco más.

Con cariño, de Enrique”.

El tumor positivo

Martes, 1 de Junio de 2010 por monstresdecameva

Enrique Pérez Guerra nos habla sobre comunicación y resiliencia. Como sabéis, Enrique sufrió abuso sexual cuando era niño. Desde entonces, la escritura se convirtió en su refugio. Escribió “Las tardes escondidas”, un libro en el que narra su abuso y las circunstancias que lo rodearon. Enrique sigue escribiendo y, de vez en cuando, nos regala textos como este:

Cuando “Mamá” sigue siendo “Mamá” pero pasa a ser también alguien al que no se le puede contar “eso”, la vida del niño o la niña se entumece. Una persona tan cercana como la madre ha sido desplazada del espacio de la confianza al reino inquietante de la prohibición.

La afluencia de comunicación que empujaba la vida de ese infante se ve, de golpe obstruida por un elemento extraño y, para él, improcesable.

Las cosas ya no son como antes.

“Yo fui el que quedó atrapado entre aquellas manos”, arrastra consigo el “yo soy quien no lo impidió”, que a su vez arrastra el “yo no estoy siendo quien debiera ser”, “yo he fracasado”, “yo estoy humillando a los míos”, “yo he traicionado mi destino”…

Sin estas palabras, pero con la misma fatal cadencia traduje así mi vida.

El abuso, como un tumor maligno, se expande por la toda la experiencia vital.

El recuerdo de las sensaciones, tan difuso como intenso, queda clavado en la memoria. Aunque a veces no sea acompañado por el recuerdo de las circunstancias.

Una niña que fuese violada siendo pequeñita puede que haya olvidado la concreción de aquel hecho. Y puede que este olvido forme parte de una anestesia con la cual seguir haciendo la vida posible. Sin embargo, un día ella es llevada a la consulta de un ginecólogo y allí se le pide que desnude su genital. La buena intención y la profesionalidad que preside esa consulta no bastarán para que, como restos arqueológicos recién rescatados, aflore a la luz una intensa sensación de miedo, dolor e impotencia. Pasados los años, la comunicación sexual adulta es fácil que arrastre, para esta mujer, una carga tan pesada como oculta en las raíces de la propia vida.

Desconfianza llama a desconfianza, vejación llama a vejación, huída a huída, oscuridad a oscuridad, miedo a miedo, silencio a silencio, rechazo a rechazo, prisión a prisión.

Ninguna parcela de la experiencia de estar vivo es ajena.

Dar representación mental a este proceso de degradación no creo que sea difícil. Imaginemos una fila de fichas de dominó cayendo.

Concebir un proceso inverso es más trabajoso para nuestra imaginación. Ahora bien… ¿es posible?.
En este momento estoy escribiendo. Al hacerlo se está poniendo en marcha una paradoja. Lo que ha sido un muro de incomunicación se transforma en una ventana hacia la comunicación.

Mi adolescencia quedó enjaulada por unos recuerdos y por los recuerdos de esos recuerdos. Mi afán por escribir nació allí. El acto de escritura que ahora mismo llevo a cabo seguramente sería imposible sin haber pasado por aquellos dolorosos años.

No me refiero a la escritura como dominio instrumental sino como sustrato emocional que lo hace humano.

Un escribir prolijo, frenético, muchas veces destartalado y, por esencia, ciego de sí mismo. Aquel modo de hacer poesía estuvo allí y yo estuve dentro de él.

En aquella fragua forjé la llave con la que hoy abro estas puertas.

Es un espacio indefinible, donde la posibilidad de acercarse a la realidad de unas personas invita a al acercamiento a otras. Un hogar donde la comunicación se adentra en la intimidad del tiempo. Donde se confunden ética y estética o donde no ha lugar a su frontera.

El soplo de aquella escritura alienta hoy otras llamas.

No es difícil que mi sentimiento se pierda, tal vez lo esté haciendo en este instante igual que entonces hacía, pero descubro otras miradas a través de las cuales ser y forjar la dignidad en el alma.

E.P.G.
Palma de M., 1 – Junio – 2010.